Mediciones, incertidumbre y demonización de los usos del tiempo libre

El arte, el juego y la lectura mediados por pantallas en la vida de los niños parecen haber quedado por fuera de alguna de las mediciones que retoman ciertos medios de comunicación a la hora de discutir sobre el uso del tiempo libre en la infancia. Este parece ser el caso del artículo periodístico Cómo se divierten los chicos hoy, publicado el 6 de abril en la edición impresa del diario porteño La Nación.

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En dicha nota, Micaela Urdinez se pregunta cómo utilizan los niños el tiempo libre y pone énfasis en lo que supone es la mala utilización de las pantallas en los momentos de recreación. Sin embargo, a la hora de argumentar su postura, no muestra cifras que puedan distinguir entre los distintos tipos de uso de esas pantallas, discriminadas según dispositivo técnico y no según el uso que los chicos hacen de esos dispositivos.

Según el informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA, citado por el artículo, “en los niños de entre 5 a 12 años, la propensión a estar más de 2 horas diarias expuestos a una pantalla alcanzaba al 62,1% en 2011. En esta misma franja etaria, el 69,9% jugaba 60 minutos diarios o más y el 51% solía leer textos impresos, pero sólo el 36,6% realizaba actividades físicas o deportivas extraescolares y el 19,2% actividades artísticas o culturales”. Estas últimas actividades son consideradas por fuera de la utilización de pantallas.

En este marco, el juego y la lectura no parecen ser valorados por la autora de la nota como actividades que puedan ser realizadas mediante el uso de nuevas tecnologías. En la bajada misma del texto deja clara su posición y se pregunta “cómo hacer para que la tecnología no arrase con las actividades artísticas, deportivas, el juego y la lectura”. Porque, como señala unos párrafos más abajo, “ya es sabido el profundo impacto -asumimos positivo, frente al otro negativo propio de la computadora y la tv- que puede tener el juego, el deporte, el arte y la lectura en la vida de los niños”. Al juego mediado por una pantalla no hace referencia alguna.

Más avanzada su argumentación, reconoce el uso de las nuevas tecnologías en el entretenimiento, pero sólo desde un aspecto negativo: “si bien es cierto que una gran cantidad de niños realiza un uso abusivo de las nuevas tecnologías o de la televisión, también lo es que casi la mitad de la niñez aún suele jugar al aire libre con una frecuencia recomendada”.  Lo que nunca se pregunta Urdinez es qué sucede con aquellos que sí hacen un buen uso, a su entender, de estas tecnologías.

¿Cómo impactan estas cifras publicadas por La Nación en ámbitos académicos, políticos o de la industria del entretenimiento? ¿Hasta qué punto este tipo de medición del uso del tiempo libre es estadística que colabora en repensar la educación y cuándo se convierte en una medición de mercado para el constante crecimiento de la mercantilización de tiempo? Si no sabemos lo que los niños hacen cuando prenden una computadora o el televisor (si lo hacen solos o acompañados de pares o adultos, si reelaboran lo visto en otros ámbitos, si sus contenidos son parte de los elementos que utilizan para la integración con los pares, etc) tampoco vamos a poder diseñar modos de promover lo que la autora podría llegar a considerar un buen uso de esas tecnologías y frenar el consumo abusivo producto de la mercantilización del tiempo libre que podrían no ser considerados apropiados para la infancia.

-Imagen: lanacion.com.ar

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