Si pienso en mi sociedad ideal. ¿Los videojuegos forman parte de ella?

Un poco de sinsericidio utópico (con un tinte ludista también):

A riesgo de ensuciar cualquier prestigio de estudiante de Ciencias Sociales de la excelentísima Universidad de Buenos Aires, voy a admitir mi más profunda visión sobre la cuestión que me compete en Constructo: Videojuegos y otros medios de entretenimiento interactivo.
El dispositivo logicista racional de la voluntad ilustrada (con su soporte en la técnica) que subyace en la universidad, nos invita a hacer a un lado las pasiones y guiarnos por una supuesta razón elevada despojada de cualquier opinión personal, sentimiento o pasión (como si de contaminaciones a alguna pureza se tratase). Esto no siempre es de manera expresa, sino que es una compleja construcción de valoraciones hegemónicas.

En efecto, en muchas materias se nos enseña esa arquitectura de poder a través de la cual la organización racional se sobrepone a la magia y a las pasiones como administradora de las relaciones sociales: vemos Foucault, leemos y leemos Williams, escuchamos sobre Bauman, Bourdieu, etcétera, etcétera. Pero a fin de cuentas, el aparato universitario sigue funcionando sobre esa base de la técnica –y las materias que nos encargan a esos grandes autores también, e incluso creo que esos enormes letrados nunca quedaron del todo conformes con el nivel de separación que lograran establecer con el dispositivo de poder que se soporta con la técnica.
Por eso, puedo ponerme el traje de aplicado o intelectual (que no me considero, pero bien podría jugar a comportarme como si lo fuera) y discutir tibiamente sobre pros y contras, beneficios y perjuicios sobre introducir o no a los videojuegos a las instituciones educativas.
Aquí hago un paréntesis, que puede servir para, por un lado entender el funcionamiento del dispositivo de poder y, por otro, no echar culpas a Constructo, que creo que, teniendo tal vez limitaciones por mejorar, en este caso no le corresponden:
En ningún lado dice que en Constructo debemos hacer las publicaciones actualizando el personaje que se expresa por medio de una discursividad racionalista lógica. Pero atendiendo a la mayoría de las publicaciones y debates, es ese lugar en el que “solitos/solitas” nos posicionamos. Allí se demuestran las fuerzas del dispositivo.

Entonces, si se me pregunta sobre videojuegos, bien puedo –como más o menos hice hasta aquí-, disimular mis pasiones, deseos y opiniones con retóricas de estudiante con cierto bagaje y recorrido en las Ciencias Sociales, de muñequito que sabe redactar respetando las reglas de puntuación y una fría conciencia analítica, de estudiante con buen promedio y bla bla.
Pero lo cierto, lo más profundamente -y quizás estúpidamente- cierto, es que si voy al fondo de la cuestión, jamás podría estar de acuerdo con nada que vaya a ser hecho con videojuegos. Tal vez sí podría estarlo de acuerdo en niveles intermedios, sin tener presente mis más profundos deseos. Pero yendo a fondo con las pulsiones más utópicas, no lo estaría. Con los límites que esta publicación tiene, confesar ese fondo es lo que aquí me propongo.
Tal es así, que tras comprender el lugar del entretenimiento y la diversión en la sociedad contemporánea donde funcionan las nuevas tecnologías, cuesta pronunciarse a favor de esos “otros medios de entretenimiento interactivos”.
De hecho, tampoco logro estar del todo de acuerdo con cualquier uso que se haga con las máquinas, con nada que se haga con computadoras, teléfonos celulares, teléfonos de cualquier tipo, televisores, etcétera. Y no soy tan extremadamente tonto (al menos no me considero tonto “al extremo”), no es que no tengo noción de las cosas útiles que aportan las máquinas: recorrer más rápido largas distancias, servir para salvar vidas en una operación, para disminuir el dolor con los fármacos que se producen por millones, ir escuchando radio mientras se camina por la calle, etcétera. El problema es que creo que a fin de cuentas, todo eso se articula con mercados particulares que funcionan en un proceso de organización de la vida que sostiene desigualdades nefastas; que con toda esa técnica y tecnología, cada vez más se destruyen ecosistemas, crece la explotación, se maquiniza a los seres, etcétera. No es que todas y cada una de esas prácticas sean nefastas; pero tampoco se crea que esas prácticas funcionan de modo aislado.
Alguien podría decirme que el problema no es de toda esa maquinaria, sino de quienes tienen la propiedad de la misma. Me diría que debería colectivizarse la propiedad de todos esos bienes. Bien, en ese caso estaríamos bastante más de acuerdo con esa persona, hasta creo que apuntaríamos en la misma dirección, pero yo seguiría cuestionando las posibilidades que la vida en inmensas urbes y en polos productivos, proporciona para la constitución de propiedad colectiva.

Ahora: expongo el mayor sincericidio.
En mi utopía de sociedad ideal, no habría máquinas, quizás sí tecnología acorde a las necesidades de recolección de alimentos o cría de animales, cosas más sencillas si se las compara con la complejidad de la maquinaria hipertecnológica contemporánea. Se viviría mucho más cerca de las fuentes de recursos naturales, de los alimentos y demás elementos necesarios. Se conocería a los integrantes de la sociedad, se decidirían las cosas en conjunto teniendo conciencia histórica de lo que las verticalidades han ocasionado, de en qué han desembocado las guerras con el prójimo. Desde mi punto de vista, los modelos de vida global o las grandes urbes donde los habitantes se desencuentran y desconocen estando juntos, para nada puede construir lazos de respeto por el otro (ejemplo de ello es lo poco que nos importa cuando escuchamos una sirena de bomberos, mientras que en algún lugar alguien puede estar perdiendo a toda su familia en un incendio: ¿es la mía? No. Suficiente).
Seguramente la visión para con la muerte debería ser sumamente distinta. De hecho la idea de sanidad y hasta del cuerpo propio, no debería tener nada que ver con la actual.
Como fuere, no podría proponer ninguna imposición del modelo de vida, eso ya estaría totalmente en contra del ideal utópico. Por eso es sólo un ideal, luego la historia se escribiría con los cuerpos.

El desarrollo de la sociedad ideal sería demasiado extenso, y en definitiva es nada más que una idealización. Pero para abreviar, podría pensarlo que sería algo más cercano a formas tribales de vida, pero con organización horizontal y con formas de comunicación con las tribus de los alrededores, que buscaran no generar intercambios desiguales. De cualquier forma, lo que resultase, tomaría forma en el propio devenir de procesos instituyentes actuados por sujetos autónomos (ya Castoriadis decía que no puede instituirse una sociedad autónoma sin la autonomía de sus sujetos), con lo cual poco sentido tiene esta idealización que estoy ensayando. La respuesta estaría en el intento.

Para rebatírseme, bien podrían traerse a colación ejemplos antropológicos de casos similares que terminaron con la matanza de todos los integrantes de esas tribus, producto de guerras entre ellos. Pero por un lado, puedo argumentar que los actores sociales de esas nuevas sociedades, contarían en su experiencia con el derrotero de la  sociedad cibernética.
Hay muchas cosas que sin dudas extrañaría: amo la música y admito que mucho de lo producido en el exterior es de mi agrado. ¿Pero quién sabe? Quizás esta sociedad de mayor autonomía no se ensañaría en destruir todas las máquinas, sino que tal vez decidiese (y de decidir trata el ser autónomo) ciertas tecnologías mantenerlas, o tal vez sólo cambiar su modo de producción (a lo mejor se apuntara al abastecimiento de energía por paneles solares), de uso y propiedad (quizás ya no se trataría de que cada uno tenga 2 televisores, 3 equipos de música, un i-pod, un celular, una tablet, 2 computadoras, etcétera, sino que habría algunos pocos por comunidad y se compartirían).

Si en el devenir de la historia, se consiguiera encontrar el punto en que se viviera de esa forma más cercana al modelo que idealicé, pero también haciendo uso de las máquinas como las conocemos, pero sin que estas fuesen sobre todo elementos de alineación, entonces no tendría nada en contra de estas. Pero en la contemporaneidad, más bien creo que vamos para el otro lado (más allá de los muchos ejemplos de grupos que con nuevas tecnologías realizan operaciones solidarias).
Además, hay que tomar real magnitud sobre el circuito total de lo que se hace para conseguir los miles de litros del petróleo que mueven el avión con el que vamos a vacaciones; las miles de horas de nuestras vidas que debemos destinar a formas de trabajo que quizás no nos satisfacen, para lograr pagar el alquiler a quien tomó la propiedad del espacio, conseguir la comida pagándola a quien la comercializa y compró a quien tomó la propiedad de la producción de ella, o comprar el televisor con el que nos distraeremos el domingo viendo el River-Boca y cantando “ay ay ay a estos puto´ lo vamo´a mata´”; las miles de humanidades metidas en una fábrica de Taiwan que nos proporcionan las partes del celular con el que llamamos a nuestra amistad y le decimos: “che, máquina (sí, paradójicamente le decimos “máquina”), tal cosa”.
Con esa aclaración hecha, comparto con los planteos de Ippolita, Schmucler, Flichy (y ya que está cumplo con la regla de citar autores) sobre cómo las tecnologías no son neutras y siempre operan en cierto proceso de prácticas y creencias. En este caso, no podemos no tomar en consideración que las ‘nuevas tecnologías’ operan en un proceso de producción-circulación-consumo que sostiene, y es sostenido por, todo lo antes dicho

Dicho esto, volveré a jugar de estudiante que desapasionadamente opera por y para el mayor nivel de objetivización posible… Y claro, porque en definitiva, fuertes  dispositivos de poder se mantienen en nuestras relaciones que funcionan con esas cristalizaciones “estudiantes, profesores, titular, ayudantes, etc.” que hemos interiorizado; dispositivos que no tengo esperanzas de lograr desarticular con esta publicación en Constructo (y no tanto por incapacidades de Constructo, como por las poderosas cristalizaciones del aparato).
Además, porque si estoy en la institución, tras tantos años, ya un poco me importa el título (aunque cada vez menos, admito). De lo contrario, cursaría las materias para escuchar a los buenos profesores que a veces encontramos, sin necesidad de inscribirme. Con todo, también hago la salvedad de que ciertos mecanismos del dispositivo han sido útiles para el desarrollo de los conocimientos: no puedo negar que estudiando noches y días continuados para cierto final, he terminado comprendiendo la extensísima y grandiosa bibliografía de esa materia.

En fin, sí, seguramente también de los videojuegos haya cosas positivas por rescatar, que pueden aportar a la formación educativa, así como hay enorme cantidad de asuntos negativos (usualmente disfrazados o minimizados a través de estrategias de poder). Pero en mi caso, la pregunta que me planteo es, ¿están en línea los aportes que puedan dar, con esa utopía, o más bien son aportes a la institución que funciona en el marco del sistema de producción-circulación consumo que conocemos?
De eso venimos hablando ¿no?.
Esto fue jugar a soñar utópicamente. Que cada uno juegue a soñar con lo que quiera. Pero eso sí, que apueste por eso que resulte de su juego.

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