EL DISPLACER DEL PLACER

229826_287713777995557_386358648_nHace unos días que vengo pensando en el concepto de “cueva aterciopelada” de Román Gubern, quedó allá, lejos, por Comunicación I y, al menos yo, no volví a retomarlo. En la época del auge de la videocasetera, el autor planteaba que, poco a poco, la ama de casa “tomaba el poder en el hogar” y lentamente se iba aprovisionando de elementos tecnológicos con cierta connotación masculina; esta tendencia provocaría una especie de “cueva aterciopelada” que haría que, a la larga o a la corta, ya casi no tengamos la necesidad de salir para consumir nuestros productos favoritos. Esta especie de bunker limitaría al máximo nuestro contacto con el otro, eso se veía como un problema social pero, sobre todo, un problema de control, lo que sucede en la esfera privada es de más difícil acceso, dificultando la tarea de convertirlo en un objeto de investigación.

Podría hacer un gran comentario al lugar de la mujer en esta teoría pero considero que no viene al caso analizar aristas como el patriarcado, violencia de género, entre otras discusiones necesarias.

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Se podría decir que hoy en día dos tendencias se abren a partir de esta premisa que tiene ya más de 20 años. En principio, la cueva aterciopelada brilla en toda su extensión, no sólo las películas se mudaron al hogar, sino también las compras del supermercado se pueden hacer a través de algunos clics, de la misma manera se puede comprar ropa y zapatos en China o hablar gratis a cualquier parte del mundo a través de Skype. En segundo lugar, esta proliferación de Internet, también abrió el espacio de lo privado hacia lo público. Las redes sociales son claro índice de ello: nos exponemos diariamente antes cientos de amigos/conocidos como si les hubiéramos dado las llaves de nuestros diarios íntimos.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con los videojuegos? Sencillo: según Ippolita “actualmente tendemos a subestimar los elementos orwellianos de los regímenes democráticos y a la vez subestimar los elementos huxleyanos de las dictaduras” (Ippolita 2012: 155). Con “elementos orwellianos” se refiere a las tecnologías del control y con “elementos huxleyanos” busca resaltar la tendencia consumista que refuerza el consenso hacia un orden establecido, dicho sea de paso, muy poco feliz.

Agrega Ippolita: “Internet ha traído a muchas sociedades autoritarias justo ese tipo de distracción que las personas buscan para evadirse de una realidad decepcionante: pornografía barata, cotilleos, inocuas series televisivas, juegos de preguntas, juegos de azar, videojuegos…” (Ippolita 2012: 155) Y esto es igual se trate de una sociedad democrática o dictatorial, el entretenimiento tiene un efecto anestesiante que preocupa en tanto que “domestica a los oprimidos”.

Pero, si tomamos esta concepción de Ippolita, ¿no volvemos a considerar al sujeto como pasivo? ¿No es volver a la concepción de la ‘aguja hipodérmica’? Los sujetos siguen resignificando aquello que reciben; los sujetos elijen, no es lo mismo un jugador ocasional de Scrabble online que un jugador obsesionado con su personaje en un juego seriado como Criminal Case (aplicación de Facebook). No es lo mismo quien se ocupa de su juego favorito en los tiempos laborales muertos que quien, ansioso, espera llegar a su casa para volver a donde dejó su aventura la noche anterior.

Si bien es cierto que los sujetos son activos –con todo lo que eso representa- eso no significa que la tecnología no busque potenciar el placer en tanto que ciclo de consumo continuo, donde los “deseos quedan satisfechos incluso antes de ser expresados”. (Ippolita, 2012: 154). Se venden videojuegos, como cualquier producto de comunicación de masas, investidos de estereotipos y clichés de lo que somos, a fin de cuentas, en nuestra vida real. Herbert Marcuse, en la misma época que Gubern hablaba de la “cueva aterciopelada”, decía “La tecnología sirve para instituir formas de control social y de cohesión social más efectivas y agradables. […] La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sobre una vida de esfuerzo y de temor. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonomía; solo prueba la eficacia de los controles.” (El hombre unidimensional, 1984: 32, 38)

Y tiene razón el hombre, pero ya estamos insertos, ahogados. Habrá que ver en qué devienen nuestros usos de la tecnología, por ahora, todo indica que seguirá monopolizando nuestras horas.

 

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