De la red a la calle, de lo privado a lo público. 15-M en primera persona.

Viví en Barcelona durante más de seis años, entre marzo de 2006 y julio de 2012. A mediados de abril de 2011, mis amigos, mis compañeros de casa, yo mismo, recibimos por Facebook la convocatoria a una manifestación para el 15 de mayo bajo el lema “Toma la calle. Democracia Real Ya” Y el 15 allí estuvimos, reunidos en las principales avenidas de la ciudad, mis amigos, mis compañeros de casa, yo mismo y miles más. Esa misma noche, la iniciativa de unos pocos que decidieron quedarme a dormir en la Plaza Catalunya -y también en la plaza Sol, de Madrid- dio inicio a lo que pronto se conocería com0 15-M.

0001Dice Ippolita que “la gran ventaja del activismo de salón estriba en que permite un simulacro de participación hecho de un <me gusta>y un <comparte este link>, de una sincera indignación por las injusticias del mundo, cobijándose en esas pantallas que permiten el acceso a aquella experiencia de puesta en común gestionada por terceros para nuestro bien“. Comparto la idea de que, en ocasiones, se presenta a las redes sociales como una  panacea democrática en la que todos, a fuerza de clicks, pueden participar activamente de la esfera política/pública de una sociedad. No obstante, en base a mi propia experiencia en el 15-M, podría desgranar la cita de Ippolita para mostrar de qué manera no se condice con lo que ocurrió en torno a la acampada en Plaza Catalunya. En primer término, pensar que las redes sociales limitan la participación al “me gusta” o a compartir un link, obvia el tema de que ante la pantalla hay cuerpos completos, no sólo dedos índices clickeadores, y que esos cuerpos, luego de leer algo en la comodidad de sus casas, calentitos en el sofá junto a la estufa, pueden salir a la calle, ocupar lo público, encontrarse con otros cuerpos y debatir y accionar sobre lo que momentos antes leyeron en la pantalla. Por otra parte, la sentencia acerca de que la puesta en común de la experiencia es “gestionada por terceros” me lleva a preguntar qué o quiénes son esos terceros. Más allá de la incipiente iniciativa de n-1¡Redes sociales del pueblo y para el pueblo!-, incluso si consideramos la circulación de información sobre el 15-M a través de Facebook, antes que en una puesta en común gestionada por terceros, pensaría en una construcción fragmentaria en manos de un nosotros multitudinario, no delimitable, pero en todo caso no externo.

0005

En todo caso, me parece que lo central aquí es la insistente distinción que Ippolita hace entre activismo real y “activismo de salón”, como esferas distinguidas y mutuamente excluyentes. En resumen, la idea de que el pibe que está leyendo algo en Facebook no está en la calle haciendo la revolución. En este sentido, Ippolita cita a Rami G. Khouri para decir que “este tipo de actividades desplazan esencialmente al individuo desde el rol de participante al de espectador, transformando lo que de otra forma sería un acto de activismo político, de movilización, de manifestación o de voto en un acto de entretenimiento personal y sin riesgos“. La cita me parece representativa de un extendido argumento que postula, en términos de acción política, una relación de exclusión entre mundo online-mundo offline. El párrafo con que abrí este post tiene por intención mostrar cómo esa relación de exclusión puede pensarse en términos de complementariedad, de qué manera la información y las relaciones del campo digital pueden traducirse, en el mundo analógico, en miles de cuerpos calientes ocupando el espacio público, debatiendo, construyendo comunidad (física, no de bits). La manifestación del 15 de mayo es sólo un ejemplo de cómo se produce este pasaje del consumo privado de información a la acción pública y colectiva. En los dos años transcurridos desde la emergencia del 15-M, son muchísimas las experiencias políticas que, trascendiendo un origen fuertemente marcado por el intercambio de información a través de las redes sociales, se han consolidado y en la actualidad funcionan como poderosos agrupamientos de construcción política. La Cooperativa Integral Catalana (CIC), la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) o el colectivo Feministas Indignadas son una buena muestra de ello. Y aún más lo son las cientos de asambleas barriales, activas al día de hoy, resultantes de las acampadas de mayo de 2011 fogoneadas a través de las redes sociales.

0006  0002

En los días de campamento en Plaza Catalunya, discutía con mis amigos acerca de la incidencia de Facebook en la experiencia que estábamos viviendo e, incluso, en lo que se había denominado “Primavera Árabe”. Yo argumentaba que, a mi entender, internet había funcionada no sólo como medio de comunicación sino también como modelo organizativo, en tanto estábamos funcionando como nodos autónomos interconectados (al respecto, puede verse mi entrada Del EZLN a Anonymous: anonimato y cultura de red). En todo caso, decía yo, el punto decisivo de nuestra experiencia no era el uso de las redes sociales, sino la expresión de esa construcción simbólica en un acto afectivo como era la ocupación física de las plazas, la recuperación del espacio público como espacio político tras una década y media de Unión Europea y papelitos de colores para todos. Dice Ippolita que “las personas hacen las revoluciones, no existen tecnologías insurgentes”. Más allá de mi creciente descrédito ante la palabra “revolución”, acuerdo con la afirmación de las autoras. Pero agregaría que “las personas” son (somos) entidades subjetivas con múltiples dimensiones complementarias, coexistentes, no excluyentes; que dar un “me gusta” no necesariamente implica renunciar a la acción colectiva analógica, cuerpo a cuerpo; y que el default power –propio, en definitiva, de todo medio: el teléfono no permite ver al interlocutor, la escritura no permite transmitir sonidos, la comunicación oral cara a cara limita el número de participantes- se sortea si se considera al acto/medio de comunicación como parte de una totalidad mayor compuesta por instancias online y offline, mediadas y no mediadas, públicas y privadas.

Anuncios